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La política y lo legal

El Imperio de la Ley versus la reacción popular. Las dificultades de girar a la derecha.
| Por Claudio Blacher

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En esta oportunidad, con el fallo de la Corte Suprema de Justicia, respecto a la disminución de penas en delitos de Lesa Humanidad, se puede develar el verdadero estado de cosas en esta coyuntura política.

Cuando se conoció el fallo, se abrió el juego político. Antes se dice, parece haber habido una iniciativa de parte del gobierno, para incentivarlo.

Cuenta H. Verbitsky en su editorial del domingo 7 de mayo “Los complotados”: (Click aquí), que esta historia pudo haber comenzado el 20 de marzo, de la mano del Secretario de Derechos Humanos y Pluralismo Cultural, Claudio Avruj.

Justamente fue él quien dio el primer apoyo al fallo, para inmediatamente, cuando el gobierno recalculó su posición, hacer malabarismos para salir de sus primeras declaraciones.

Había dicho en su primera entrevista por el tema en AM750: “Sostuve siempre que los derechos humanos son para todos. Si los jueces consideraron que el marco legal permite esto tengo que respetar el fallo. Estoy de acuerdo con el fallo

Para más tarde, cuando quedó solo, terminar diciendo: “compartir las calles con personas que cometieron delitos atroces contra la humanidad sería algo negativo”.

En el Imperio de la Ley, en la biblioteca se puede encontrar el argumento que se quiera. Por ello ni este fallo fue unánime en la propia corte (fueron tres contra dos). Cada integrante tomó de la biblioteca el argumento que necesitó. Respondieron a sus intereses políticos o personales?; creyeron que la coyuntura  lo permitiría?; pensaron como el gobierno, en otras ocasiones, que si pasa, pasa?.

Lo cierto es que se intentó sentar una posición política, mediante un mecanismo legal, que se vio impedida por una inmediata reacción popular, que supo accionar también políticamente.

Después de las primeras declaraciones de Avruj, todos tomaron nota rápidamente.

Es por ello que todo el arco político terminó oponiéndose al fallo. Esto quedó reflejado en la Legislatura, a pesar de las convicciones internas, de gran parte de sus integrantes, con conocidas posturas, contrarias los planteos de siempre de los Organismos de Derechos Humanos.  Posturas que son funcionales a sus intereses y acciones.

En este caso, como en otros, la pretendida derecha gobernante, no pudo imponer voluntades. No es posible, cuando no se asume el poder después de una gran crisis. No es posible cuando el mandato proviene de una necesidad de cambio, que no deseaba un giro ideológico. Y además,  se ganan las elecciones por muy poco margen de votos.

Pocos de ellos fueron los que se animaron expresar lo contrario, a lo que consideraron era políticamente correcto. Además del diputado Olmedo (único voto en contra de la sanción de la ley que limita la aplicación del 2X1 a los delitos de Lesa Humanidad) lo hizo una editorial del diario La Nación del martes 9 de mayo: (Click aquí).

En ella se apela al funcionamiento del Estado de Derecho, el respeto a la Ley, y la independencia de los tres poderes.

Se recurre a la conocida imagen de la Ley, representada con una mujer que sostiene una balanza de y tiene los ojos vendados.

Omiten decir lo que siempre han creído, y que les sirvió para apoyar los golpes de Estado, pisotear la Constitución y violar los Derechos Humanos.

Es que el Imperio de la Ley, está sujeto en una verdadera Democracia, a la legitimidad de las normas. Es la política la que fundamenta las leyes, las que así deben responder, para vivir en una justa convivencia Democrática.

No se trata de imponer la Ley por encima del interés social, sino que ella debe estar a su servicio.

Es común ver cómo se acomoda la Ley, en beneficio de un interés particular. Por lo general lo logran los de mayor poder económicos o de pertenencia de clase.

Pero esta vez se trató de juntar voluntades, como otra forma de generar un recurso, que favoreciera a las mayorías.

Por suerte se alzaron las voces, se llenaron las plazas y se unieron las miradas.

La Ley espió debajo de su pañuelo, para no dejarse cegar por los poderosos.

 

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