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Crítica de “Los que aman odian”

Título original: Los que aman odian. Dirección: Alejandro Maci. Actores: Luisana Lopilato, Guillermo Francella. Juan Minujín, Marilú Marini. Director de fotografía, Julián Apezteguia Directora de Arte; Mercedes Alfonsín. Escenógrafo: Matías Martínez. Diseñadora de vestuario: Beatriz Di Benedetto; Música Nicolás Sorín. Género: Thriller, Drama. Origen: Argentina. Duración: 101 minutos. Calificación: Apta para mayores de 13 años. Fecha de estreno: 7 de septiembre de 2017

El cine publicitario ha sido siempre semillero de técnicos, actores y directores. Algunos de ellos surgidos de este mal llamado arte menor, fueron Fabián Bielinsnky (Nueve reinas y el Aura) Luís Puenzo (La historia oficial); Directores de fotografía como Hugo Colace (El lado oscuro del corazón) Horacio Maira (Corazón de León) y actores y actrices como Susana Giménez, Arturo Bonin, Natalia Oreiro, y el protagonista que ocupa esta nota, Guillermo Francella. Allá por el año 1970 recorría los pasillos de las agencias de publicidad en Buenos Aires un representante de actores con su representado pidiendo que lo incluyeran en algún comercial. Ese fue el comienzo de Guillermo Francella que después de un tiempo se lo incluyó en un comercial de yogurt. Hoy es uno de los actores más completos con gran poder de convocatoria junto a Diego Peretti, Ricardo Darín o Adrian Suar. Guillermo Francella se ha destacado, dejando la comedia a lado, en dos grandes películas, El secreto de sus ojos en el personaje de Pablo Sandoval asistente alcohólico de Benjamín Espósito (Ricardo Darín) y personificando a Arquímedes Puccio en el Clan.

Ahora, en esta novela de suspenso de Silvina Ocampo y su esposo Bioy Casares, Los que aman odian en adaptación de Alejandro Maci y Esther Feldman, cuenta el derrotero del homeópata Enrique Hubermann (Guillermo Francella) huyendo de un amor conflictivo, que para tomar unos días de descanso se refugia en un hotel de playa propiedad de su prima (Marilú Marini). Queda atrapado en el hotel con otros huéspedes cuando una fuerte tormenta se desata en la zona, (anticipa metafóricamente la tormenta que se cierne sobre los protagonista) aunque antes llega Mary (Luisana Lopilato) la mujer que quería olvidar. Ese es el principio de la historia que más tarde desembocará en una tragedia con una compleja trama de venganzas y amores no correspondidos. Salvando las distancias y el lugar en que se desarrolla la acción, la trama tiene algunas similitudes con El Bar del director español Alex de la Iglesia, en cuanto al confinamiento de los personajes entre las paredes del hotel por la tormenta de viento y arena durante cuatro noches.

Dudo de que muchos hayan leído la novela original, pero como siempre ocurre con las adaptaciones a cine de muchas obras literarias, no conforman a la mayoría dado que cada uno ha librado a su imaginación a los protagonistas, situaciones y ambientes. Pero más allá de la adaptación, psicología de los personajes y actuación, que no a todo mundo dejará conforme, esta película tiene un mérito, el extraordinario trabajo del equipo que hizo creíble la ambientación y la época en que se desarrolla la historia. La directora de arte, Mercedes Alfonsín, el escenógrafo Matías Martínez, la diseñadora de vestuario Beatriz Di Benedetto y el director de fotografía Julián Apezteguia apoyados por una banda musical compuesta por Nicolás Sorín y por una sutil y elaborada banda de sonido realizada por sonidista José Luis Díaz, ponen en situación al espectador. Como reconoce la Directora de Arte Mercedes Alfonsín, es muy difícil encontrar en la arquitectura Argentina y menos en la de Buenos Aires, un edificio público de 1940 mantenido en condiciones y menos si hablamos de una estructura de hotel con grandes pasillos y con repetición seriada de puertas iguales. Por eso se recurrió a locaciones reales a las que se modificaron sus instalaciones y a efectos visuales, que son los diferentes procesos por los cuales las imágenes son creadas o manipuladas fuera del contexto de la grabación en vivo, por el ejemplo el hotel en la playa. Solo una parte es real, la escalinata de entrada y su balaustrada; el aspecto exterior ha sido generado por expertos en efectos visuales. El interior del hotel en lo que respecta a la planta baja y al galpón se grabó en Villa Ocampo, que fuera la residencia de verano de la familia Ocampo (Silvina y Victoria) ubicada en Beccar, partido de San Isidro en la Provincia de Buenos Aires.

La segunda planta del hotel fue grabada en una residencia de la calle Basavilbaso al 1200 cerca de Retiro en la CABA. Se trata de un edificio construido en 1906 al que se le hicieron algunas modificaciones como el aditamento de una pared con puertas falsas para dar una sensación de pasillo interminable. El agregado de los más mínimos detalles como mantelería, cubertería y elementos de decoración han sido cuidados a fin de ubicarnos en el año en que desarrolla la historia. Mi intención con estos comentarios es que el lector tome conciencia que una obra cinematográfica, como siempre repito, no se realiza de la noche a la mañana ni mucho menos quedarse con la historia y la actuación. Una película es como contemplar un cuadro donde el artista no solo reflejó un instante de la realidad sino que empleó conocimientos de composición, iluminación y textura. En cine ocurre algo muy similar pero a su vez más complejo, por eso, me levanto de la butaca después de haber leído todos los créditos del final, cuando la sala ya está vacía, no por los nombres de los especialistas que con algunos he trabajado, sino para conocer cuántos rubros técnicos han intervenido en la película. Más arriba hice mención de Beatriz Di Benedetto, diseñadora de vestuario con la que también he trabajado. Beatriz es tan meticulosa y exigente con su trabajo que difícilmente se le escape un detalle de vestuario. A diferencia de muchas películas, donde el vestuario de época parece recién salido de un taller de confección, aquí es absolutamente creíble hasta el más pequeño detalle como la trabita que lleva Francella en el cuello junto a la corbata. La fotografía en clave de claro oscuro da un clima de encierro más allá que las puertas estén bloqueadas para evitar la entrada de la arena; los personajes sudorosos y transpirados con ese brillo en el rostro, la penumbra en general que rodea a los personajes, es obra del director de fotografía Julián Apezteguia, el mismo que iluminó Carancho y El Clan.

Otra observación que quiero hacer a los lectores, es prestar mucha atención al sonido porque la sala de COTESMA está muy bien equipada y se puede apreciar hasta el sutil oleaje que se escucha desde el interior del hotel. Es que la tarea del sonidista no se limita a registrar los diálogos; de hecho muchos de ellos deben limpiarse de ruidos parásitos como los pasos del cameraman y su equipo cuando siguen a un personaje con cámara en mano. La mezcla de diálogos, efectos y música deben estar perfectamente nivelados para distinguirlos durante la proyección y que ninguno ensucie al otro. Solo un detalle que se le pasó a la directora de arte. En la secuencia que el comisario mantiene un diálogo a solas con Hubermann, le sirve una copa de ginebra y luego tapa la botella con una tapa a rosca. La tapa a rosca degollable se inventó en Argentina en 1968.

Miguel Krebs

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