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Una película filmada en 8 tomas. Crítica de Cauce

Por Miguel Krebs –

Título original: Cauce (Argentina, 2017) / Dirección y guión: Agustín Falco / Fotografía: Claudio Perin / Edición: Lucio Azcurrain / Elenco: Juan Nemirovsky, Alejandro Ajaka, Luis Machín, Martín Slipak / Duración: 75 minutos / Calificación: Apta para mayores de 13 años /

Resolver una película en 8 planos secuencia habla de una economía de recursos y una planificación muy rigurosa por parte del santafecino Agustín Falco, solo superada (salvando las distancias, claro está) por el director Aleksandr Sokúrov en El arca rusa. Hay que reconocer que esta manera de filmar requiere mucho tiempo de ensayo porque actores y técnicos deben practicar una coreografía muy bien estudiada para no entrar en conflicto entre ellos. Para los que no estén al tanto de tecnicismos cinematográficos, es necesario aclarar que un plano secuencia comienza cuando la cámara empieza a filmar o grabar sin interrupción registrando en ese lapso, actuación, cambios de planos, de angulaciones, de escenografía, movimientos de cámara hasta que el director de la voz de “corten”. Directores como Brian de Palma, Orson Wells, o Alex de la Iglesia han empleado planos secuencias durante la presentación de títulos a excepción de Alfred Hitchcok en La Soga donde los 7 planos secuencia que componen la casi totalidad de la película sin interrupción, han sido filmados en rollos de 305 metros de negativo de 35 mm de 11 minutos de duración cada uno. Pero con las modernas cámaras digitales cada plano secuencia dura lo que quiera el director y lo que aguante el cameraman. Cabe preguntarse después de emplear esta técnica, ¿qué papel cumple el editor o compaginador si ya está resuelto el ritmo y la alternancia de planos en el plano secuencia? Esto es lo más destacable desde el punto de vista técnico en la película Cauce que se estrenó el jueves a las 22 hs en Centro Cultural COTESMA con la asistencia de dos espectadores (entre los que me incluyo). La historia, que algunos críticos han querido dar un cariz político de actualidad, gira en torno de Ariel (Juan Nemirovsky) un joven de clase media, padre de familia, que un día para otro pierde su trabajo, cosa que oculta a su mujer y familiares. Para sobrellevar la situación recurre a un par de nariguetazos (Lunfardo: Aspiración nasal de cocaína) antes de asistir esa misma noche al cumpleaños de su suegro (Luis Machín) y termina agobiado en un club nocturno cuyo dueño y amigo, el Tano (Alejandro Ajaka), le propone un trabajo bastante turbio. La película es tediosa y adolece de un exceso de primeros planos del protagonista que resiste perfectamente el acoso constante de la cámara. Los diálogos por momentos incomprensibles y un evidente fuera de sincro en los doblajes (sobre todo en los diálogos durante el cumpleaños del suegro), hacen que el sonido carezca de calidad. Superada las ¾ parte de la película la narración se torna inverosímil y el director deja librado a la imaginación del espectador un abrupto final. Juan Nemirovsky, actor rosarino de teatro es convincente en su papel del sufrido personaje de Ariel. En cambio Alejandro Ajaka, recordado en su papel Rubén D’Onofrio en la telenovela Guapas en canal 13, sobreactúa marcadamente el rol de El Tano, dueño del club nocturno, desdibujando el personaje. En esta ópera prima del realizador Agustín Falco, egresado del Instituto Superior de Cine y Artes Audiovisuales de Santa Fe, se percibe un evidente apuro por filmar su primer largometraje descuidando detalles del libro cinematográfico. En resumen, una película que fácilmente pasará al olvido siguiendo su cauce natural (mal chiste con el juego de palabras).

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