Anuncios

Crítica de “Tarde para morir joven”: Hippies a la chilena

Por Miguel Krebs

Título original: Tarde para morir joven. País: Chile. Producción: Chile-Brasil-Argentina-Holanda-Qatar. Guión y dirección: Dominga Sotomayor. Elenco: Demian Hernández, Antar Machado, Magdalena Totoro, Matías Oviedo, Andrés Aliaga, Antonia Zegers, Alejandro Goic, Mercedes Mujica, Eyal Meyer, Gabriel Cañas y Michael Silva. Fotografía: Inti Briones. Dirección de arte: Estefanía Larraín. Edición: Catalina Marín. Sonido: Julia Huberman. Distribuidora: Compañía de Cine. Duración: 110 minutos. Apta para mayores de 13 años con reservas.

 

Algún chileno diría Que lata, te queda el poto cuadrado” después de ver esta película chilena de casi 2 horas de duración, donde no pasa nada, excepto la historia reiterada en cine del despertar de la adolescencia, que tiene como escenografía de fondo una comunidad hippie a la chilena. Para colmo no se entiende nada de lo que hablan por un sonido de frecuencias graves y una mezcla deficiente donde el motor del auto, el ruido de una moto, o la música, tapan los diálogos, sumado a la mala dicción de los intérpretes. Esta película tendría que haber estado subtitulada.

La joven directora Dominga Sotomayor autora además del guión, nos cuenta la historia de Sofía interpretado por el actor transgénero Demian Hernández y Lucas (Antar Machado) ambos de 16 años y de Clara de 10 años, vecinos de una localidad alejada de Santiago dispuestos a festejar el fin del año 1990 (justo cuando Pinochet deja el gobierno en manos de Patricio Aylwin) El espectador no tiene idea de esto último porque en la película no se menciona (solo se menciona en la sinopsis y en la gacetilla de prensa) a menos que lo hayan dicho en la película y me lo perdí. La directora en sus declaraciones ha dicho que es una película coral, pero son tantos los personajes que en ninguno se profundiza y no existe una interrelación entre ellos. Esta historia está basada en propias experiencias de Dominga Sotomayor y le encanta que sus películas no sean actuadas, que se sienta espontánea, es el mismo criterio pero más pulido del director argentino José Celestino Campusano.

Lo destacable de esta película es la fotografía del peruano Inti Briones que ha sacado máximo provecho de la cámara digital consiguiendo dar climas acotados de luz a esta comunidad que vive sin energía eléctrica y solo se ilumina con velas. Por momentos aprovecha la luz de los faros de algún automóvil para recortar el follaje circundante y a los personajes transformándolos en siluetas apenas visibles en la oscuridad de la noche. Las secuencias finales del incendio donde aprovecha los contraluces que se filtran a través de la arboleda amortiguados por la densa humareda que invade los caminos, refuerza el dramatismo de aquel incendio ocurrido en el verano de 1990 un día después de festear el año nuevo, como lo recuerda su directora.

Ambientada en los 90 el trabajo de directora de arte Estefanía Larraín no ha descuidado detalle haciendo creíble el ambiente en el que se desarrolla la historia. A lo largo de la película aparecen tomas innecesarias que no dicen nada, solo alargan la película. Dominga Sotomayor emplea el recurso narrativo de dar valor a objetos y personajes fuera del cuadro cinematográfico, lo que se denomina off. Los personajes hablan y dirigen la mirada a algo que está fuera de la pantalla, para luego, cuando se retira o panea la cámara, incorpora el elemento o personaje en cuadro. Esta forma de narrar crea curiosidad en el espectador. Mientras sigo observando particularidades de filmación, la mayoría de los críticos la analizan, con magnífica prosa poética y psicoanalítica, haciendo un parangón entre la adolescencia y el aire de libertad que se respiraba después de la dictadura de Pinochet.

Anuncios