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El fin del marketing político

El auge del marketing político parece llegar a su fin. Las sorpresas en los resultados electorales de los últimos tiempos parecen augurar el éxito del lenguaje brutal, que se antepuso al minucioso estudio comunicacional de campaña.

Las buenas campañas electorales de antaño, estudiadas minuciosamente parecen llegar a su fin. O al menos cambian los modos.

Si bien hay múltiples factores que pueden explicar, por ejemplo, el triunfo de Trump en los Estados Unidos o el de Bolsonaro en Brasil, lo cierto es que ambos se caracterizaron por expresar brutalmente y sin rodeos aquello que despertaba más atención y demandas en buena parte del electorado. Pero también mayor oposición a las reglas “civilizadas” de aquellos partidos tradicionales que basaron su estrategia comunicacional con demasiados cuidados y ecuanimidad, pretendiendo así satisfacer las amplias inquietudes de aquellas mayorías a las que se dirigían.

Por caso en estas latitudes, las diversas promesas de campaña con las que Cambiemos sedujo a gran parte del electorado, fueron eficaces y sirvieron entre otros factores decisivos, a volcar los votos a su favor. El mejoramiento de la cohesión social, la pobreza 0, la creación de empleos, la llegada de las inversiones; fueron mensajes claros y contundentes de campaña, que no fueron lanzados al azar, sino fruto de lo que se “debía decir”.

Dice Alejandro Katz en una reciente editorial (Click Aquí) “Bolsonaro no ganó las elecciones a pesar de sus dichos, las ganó por lo que dijo. Las ganó porque pudo nombrar culpables: culpables de la incertidumbre ante un futuro amenazante, que pone en crisis las estructuras familiares, las jerarquías sociales, las identidades de género, el bienestar material. ¿Falsos culpables? Sin duda. ¿Respuestas simples a problemas complejos? Evidentemente. Pero su triunfo pone de manifiesto que nadie pudo articular las respuestas complejas a los difíciles problemas que enfrenta la sociedad brasileña, las respuestas que hubieran impedido que un neofascista como él se alzara con la presidencia.”

Las espantosas declaraciones de Bolsonaro, llenas de discriminación, violencia y exclusión de los diferentes, fueron aceptadas por una mayoría, que prefirió ser cómplice de aquellas ideas, antes de dejarse engañar por las falsas promesas de la política tradicional. Una verdad repugnante, antes que una mentira agradable.

En este sentido el marketing político parece haber encontrado sus límites, a pasar de haber aportado con anterioridad buenos resultados en muchos procesos electorales.

Entonces puede ser que sea hora de reemplazarlo por el lenguaje directo, la comunicación sin rodeos, la crudeza de la verdad de lo que se piensa, de lo que se pretende, la exposición lisa y llana de las ideas. La frontalidad del lenguaje para llegar con convicción a la gente, y obtener así, desde un principio la confianza de los destinatarios del mensaje que se desea comunicar.

La moda de la posverdad, que sostiene que las emociones son más proclives a la manipulación que las verdades objetivas, habrá llegado a su fin. Será tiempo de desechar, aquello que ya tan rápidamente se convirtió en viejas prácticas. Simplemente porque se trata de mentiras. Mentiras que se derriban frente a las realidades. Realidades que se imponen, como las que atraviesa nuestro país con la actual crisis social y económica. Y que cuando secunda a las falsas promesas de campaña, se vuelven en contra como un búmeran.

En buena hora si el mensaje deberá ser simplemente la verdad.

Puede que el riesgo sea en última instancia perder una elección, pero servirá al fin, para construir fortalezas que aporten a generar las condiciones que contribuyan a modificar con profundidad y solidez las realidades que se pretendan transformar. Al tiempo que se evitará de este modo que el espacio político sea ocupado por estas anacrónicas y espantosas experiencias políticas que se vienen instalando.

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