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Crítica de “Rojo”: No hay secretos en el pueblo

Por Miguel Krebs

Título original: Rojo. País: Argentina en co-producción con Holanda, Brasil, Francia, Alemania. Año: 2018. Director: Benjamín Naishtat. Guión: Benjamín Naishtat. Elenco: Darío Grandinetti,  Laura Grandinetti , Susana Pampin , Claudio Martinez Bel, Mara Bestelli, Rafael Federman. Música: Vincent Van Warmerdam. Fotografía: Pedro Sotero. Montaje: Andrés Quaranta. Directora de arte: Julieta Dolinsky. Sonido: Fernando Ribero y Simón Apostolou. Maquillaje: Loli Giménez. Género Triller. Duración: 110 minutos.

En Rojo, las dos primeras secuencias son fundamentales para comprender esta historia policial aunque la segunda, en el restaurante muy concurrido del pueblo del interior de la provincia de Buenos Aires, es el verdadero disparador del conflicto que vive el doctor Claudio Morán (Darío Grandinetti) y el hombre extraño (Diego Cremonesi). La historia se desarrolla en septiembre de 1975 en pleno gobierno de María Estela Martínez de Perón y a seis meses del golpe militar. Los críticos repiten en sus comentarios las intenciones que expone el director en cuanto darle un carácter político vinculado con la represión, la Triple A y la población civil que mira hacia otro lado. No obstante a partir de la secuencia del restaurante se respira un sutil aire de violencia que no da tregua al espectador.

Siguiendo en esa línea los críticos opinan que se rodó la película con la estética del cine de los años 70, dando ejemplos de grandes directores de la época como Sidney Lumet (Tarde de perros, Sérpico) o William Friedkin (Contacto en Francia, , Vivir y morir en Los Angeles) y la película no refleja para nada esa intención más que la utilización en algunos momentos del zoom para acercar a un personaje, cosa muy habitual en los 70 y 80. Es más, en dos momentos el director recurre a un plano abierto con cámara fija registrando la acción de un personaje que sale de cuadro y después de 15 o 20 segundos vuelve a entrar, dejando librado a la imaginación del espectador cual fue la acción del personaje fuera de cuadro, y que yo sepa, ningún director de aquella época empleaba ese recurso narrativo.

La ambientación, los autos y el vestuario más o menos nos transporta a los años 70, pero sin embargo en los diálogos no (el ¿Todo bien? no se usaba). Nada para destacar en la fotografía del brasilero Pedro Sotero, sin embargo le ha permitido ganar una concha de plata en el festival de San Sebastián. El que ha dado un apoyo efectivo a las imágenes es el compositor holandés Vincent Van Warmerdam que con una economía instrumental ha conseguido alcanzar el clima adecuado para este triller.

Creo que Darío Grandinetti se sorprendió al oír su nombre como ganador de la Concha de Plata al mejor actor del Festival de San Sebastián, porque su actuación no pasa de ser convencional; se lo ha visto en mejores trabajos. Luego entra en escena el detective chileno Sinclair (Alfredo Castro) incorporado en la historia de manera forzada porque en realidad es un actor de televisión que interpreta el rol del detective Sinclair. Sea intencionada la humorada o no, a partir de ese momento la película se hace poco creíble sobre todo hacia un final incomprensible que no quiero espoilear.

Creo que cada vez más los jurados de los festivales cinematográficos premian una película condicionados por los países productores (los que ponen el dinero), en este caso, Argentina, Holanda, Brasil, Francia y Alemania. Y en este entramado de intereses están los críticos que se encargan de exaltar cualidades que no tiene la película. Aun así es aconsejable ver Rojo, como dice el afiche, probablemente la mejor película del año.

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