Día 30: La cagada de los pájaros

Treinta días sin conexión instantánea. Treinta escritos, uno por día, que narrarán la vida de Clara Oyuela fuera de las redes sociales. Un mes sin whatsapp, sin Instagram y sin Facebook

Todos los sueños con pájaros son de buena salud- dijo.
Crónica de una muerte anunciada

El día en que iba a volver, Clara Oyuela se levantó a las 6 de la mañana con el llanto de su hija que dormía un poco mejor que hace algunos carajos atrás. Había soñado que atravesaba un bosque de cerezos blancos donde caía una llovizna tierna, y por un instante fue feliz en el sueño, pero al despertar se sintió por completa salpicada de cagada de pájaros y de una nostalgia redonda, que le recordaba que ese era el día de regresar. Abrazó a sus hijas y fue a abrir la puerta roja de entrada para buscar el diario que no existía ni llegaría nunca. Recordó que esa época ya había pasado y que muy atrás, en Buenos Aires, habían quedado los diarieros y los soderos, el almacén de Donato- Donato, Donato, si no me das una galletita te mato- siempre tan diplomático su hermano- y la librería de Gutiérrez con olor a cartulina y humedad. Sonrió. Era ahora el tiempo de las vaquitas de San Antonio.  Miles de vaquitas estaban prendidas a las paredes y a la puerta de su casa, cubriéndola por completo. Clara llamó a sus hijas para que fueran a verlo, pensó que no todos los días se tiene tanta buena suerte junta. Azucena corrió desesperada a buscar un frasco para meter todas las vaquitas de San Antonio- a Azucena le encanta conservar arco iris, como a Joaquín. Miranda, mientras tanto, indicaba con su dedo en todas las direcciones, amaneciendo con sus ojos de Sol. Señal de buen augurio pensó Clara Oyuela. Primero, me cagaron los pájaros y ahora, invasión de vaquitas a lunares. Durante un mes había estado nadando entre burbujas de soda; se había sentido incómoda y después…todo eso que ya saben. Nadar entre burbujas y aprender de un silencio nuevo. Eso sí. Que al viejo lobo de mar se lo pierda el vicio de la maquina traga monedas de ese casino en Las Vegas porque ella no lo quiere más. Las palabras continúan deformadas en estos treinta días de exploración pero Clara aprecia las cosas desprlijsas porque alguien alguna vez le enseñó a aceptar el caos, alguien que era grandote y se llamaba Tato Pavlovsky- aunque Clara no puede con su genio y usa Cif anti manchas para limpiar la casa y ponerla en orden. Ella ni siquiera sabe qué va a hacer en su primer click social, tampoco sabe cómo va a ser ese regreso. Tampoco se desespera por saberlo porque sabe que, de todas formas, siempre podrá regresar a la burbuja de soda en cuanto detecte cerezos podridos por ahí. Mientras tanto, continúa esperando la respuesta de su amigo, Roman Lindegger, una respuesta que como bien sabe, tardará en llegar. Mientras tanto, sonríe y sopla panaderos por haber encontrado un método de escritura durante treinta días seguidos, considerando que su tendencia astrológica con luna en acuario la hizo nacer algo discontinua, aceptando que su manía por dejar el último plato sucio que queda por lavar, siempre podrá ser corregida con disciplina y un poco de inspiración o burbujas de espuma- y que los astros se tapen los ojos porque Sí, las personas podemos generar nuestro propio sistema de estrellas y planetas cuando así lo deseamos (y cuando las condiciones del entorno están dadas- tampoco vueles tanto misticismo, Clara, que eso sino huele a colmillo humano mal lavado). Mientras tanto, Clara Oyuela comienza a ascender por la burbuja de soda, dando brazadas firmes, con el corazón latiendo algo nervioso y con la incertidumbre de lo que será su renacer cibernético. En el camino se topa con una tela de araña y la desenmaraña con su nuevo silencio. Y recuerda sus treinta días afuera de las redes, mira a su viejo lobo de mar y lo acaricia. Por primera vez siente algo de simpatía por ese aparato viejo e incómodo  que la hizo descubrir un nuevo lenguaje de señas y comunicación. Le quedan pocos segundos para salir del sifón de soda y tocar la superficie de las cosas. Asoma primero los ojos y finalmente, saca su cuerpo entero de abajo del agua. Sonríe nostálgica por esos maravillosos treinta días de preguntas y exploración, salpicada de cagada de pájaros y envuelta de vaquitas de San Antonio, y larga una carcajada brutal y feliz, porque afortunadamente no encontró respuestas ni llegó a conclusiones determinantes, y eso, para Clara, es signo de Buena Salud. 

Gracias Gabo por haber sido mi inspiración durante estos 30 días de juego, por haberme prestado una bicicleta y algunas otras palabras.

Publicidad

error: Contenido protegido ante copia